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Aplausos-balcones

Arquitectura para comunidades resilientes en tiempos de crisis

El estado de alarma como consecuencia de la pandemia del Covid-19 ha obligado a recluirnos en nuestras casas a la mayoría de nosotros por un tiempo indeterminado. Tiempo para reflexionar precisamente sobre las casas que habitamos, la relación en vecindario y la capacidad de estas comunidades para hacer frente a un mundo complejo. Hemos visto numerosos ejemplos de colaboración en escaleras de edificios y acciones de reconocimiento colectivo desde los balcones, un momento ideal para aprender de la experiencia y repensar el papel de las comunidades a través de la arquitectura. Para ello, compartimos esta texto de Iñaki Alonso, fundador y arquitecto al frente de sAtt Arquitectura, publicado en el ebook “Social wellbeing” editado por Impact Hub.


La arquitectura está condicionada por un modelo de desarrollo heredado del S.XX que pone  al individuo por encima frente a cualquier otra construcción social, pero estamos en un momento de cambio profundo de paradigma y un resurgimiento de la cultura de lo común y las estructuras colaborativas. En este contexto, la arquitectura juega un papel esencial: los edificios pueden favorecer o no este nuevo contexto. A continuación expongo algunas ideas esenciales de una arquitectura que orientada a construir estructuras sociales colaborativas y ciudades más resilientes.

¿Viviendas para los individuos o para las personas?

Hemos heredado una forma de hacer viviendas propia de un sistema reduccionista basado en la individualización. Con ello hemos conseguido cajas/contenedores de personas, o familias inconexas en ellas. Cada vez es más difícil tener unos vecinos a los que pedirles aceite o azúcar en un momento de necesidad. Obviamente hay muchas excepciones pero la tendencia generalizada está enfocada en no tener que comunicarnos mucho para que no surjan conflictos. Solo tenemos una reunión o dos de vecinos al año y es un lugar de batalla para que cada uno vaya a defender sus intereses particulares. No hay nada en común más allá de lo estrictamente necesario, obras de mantenimiento, ITE, gastos generales etc.. El edificio es un contenedor de individualidades y el administrador es un gestor de cuentas. Pero las personas también tenemos una condición humana muy social, esta condición es compleja, genera muchas alegrías y cuidados pero también genera conflictos. Tristemente hemos decidido renunciar a las alegrías y los cuidados por no saber gestionar ni solucionar los conflictos. Pero esto se puede revertir y es lo que se propone desde modelos como cohousing o coliving, aprender a entendernos para sacar todo lo positivo de los espacios colaborativos.

Un equilibrio entre las espacios privados, el respeto a la intimidad de cada uno, temporal y espacial,
y la posibilidad de compartir espacio, acciones y momentos con una comunidad
que reconoce lo común como una entidad con valor que dialoga con el yo.

 

La triple relación social (yo, nosotras y todos)

Cuando hablamos de estos nuevos modelos parece que estamos proponiendo volver a las comunas de los 60, los falansterios o las viviendas colectivas soviéticas pero nada más allá de la realidad, tenemos que entenderlos desde un contexto actual de cultura colaborativa que es bien diferente. El coliving y/o cohousing vienen a rescatar las relaciones sociales en el entorno de la vivienda. Obviamente esto se puede hacer desde muchos lugares y el reto está en la construcción de una triple relación equilibrada y que satisfaga a la propia comunidad.

El modelo busca un equilibrio entre las espacios privados, el respeto a la intimidad de cada uno, temporal y espacial, y la posibilidad de compartir espacio, acciones y momentos con una comunidad que reconoce lo común como una entidad con valor que dialoga con el yo. Pero también busca una relación con la ciudad y con el mundo, hacer un edificio que no tiene emisiones de CO2 o que está construido con un material renovable como madera certificada FSC es pensar en el bien todos. Significa generar acciones globales frente a problemas globales como el cambio climático a través de una descarbonización de la construcción y, por tanto, de la economía. Estos modelos de arquitectura parten de un yo consciente y proactivo, que construye comunidad ecosocial resiliente para afrontar los Objetivos de Desarrollo Sostenible que tenemos todos como humanidad.

Posibilitar comunidades multifuncionales.

La arquitectura tiene la posibilidad de generar edificio que faciliten la construcción de estructuras sociales con una diversidad de funciones. Construye un tablero de juego donde es posible que se construyan lazos entre las personas para generar una comunidad desde la diversidad y privacidad de cada uno. La arquitectura posibilita que esto ocurra, pero no puede garantizar que vaya a ocurrir, para ello es necesario que existan unos actores proactivos que tengan la voluntad de hacer que ocurra. Podemos diseñar una arquitectura social y abierta que tenga espacios para compartir ciertos momentos, una celebración, un desayuno de domingo, tender una lavadora, compartir un coche, una biblioteca o un espacio de trabajo compartido. En este caso, ya no podemos pensar un edificio solo desde una perspectiva puramente residencial, sino un edificio con otros usos asociados que le dan una mayor complejidad y diversidad y lo convierten en un ecosistema más vivo.

La resiliencia de una comunidad

Uno de los mayores potenciales de este tipo de edificios ecológicos y el modo de vida que conlleva con la construcción de comunidades proactivas está en la resiliencia que se adquiere frente a contextos complicados de crisis permanente. El futuro de la energía es incierto por el peak oil y nuestra dependencia de combustibles fósiles, pero sí que hay datos relevantes que son preocupantes: la factura de la luz ha subido un 84% en los últimos 10 años según FACUA. En este contexto y otros de complejidad social, recesión y crisis sistémica un edificio de este tipo y una comunidad cohesionada genera una mayor resiliencia y mejor capacidad de afrontar las nuevas formas de vida.

El edificio no termina en el fin de obra

Igual que en la sostenibilidad, no basta solo construir un edificio muy eficiente, sino que también es imprescindible saber usarlo con eficiencia para conseguir los mínimos consumos de energía. En el caso de la gestión social el edificio, también debe tener unos espacios esenciales para compartir, pero casi más importante es generar unas dinámicas sociales que construyan ese respeto y uso de lo común. El edificio tiene que tener un propósito claro y las personas que van a vivir en el mismo estar alineadas con ese propósito. Tienen que existir unos roles claros y aceptados donde la participación digital y física tiene que estar muy medida para una buena gestión. En este aspecto, debemos aprender mucho sobre la construcción de lo común y el administrador de fincas pasa a ser un facilitador de comunidades, las reglas cambian; y están en juego personas y emociones.

 

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