¿De qué hablamos cuando hablamos de coliving?

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Aunque a muchas personas todavía no les suene, el coliving no deja de acaparar atención en prensa, protagonizando cada vez más artículos que proponen una definición obsesivamente mercantilizada del concepto. Esta visión ofrece un significado del coliving sesgado por un modelo de negocio cuyo objetivo es maximizar beneficios en un contexto inmobiliario que acapara con voracidad toda innovación. ¿Solo puedo vivir en un coliving hasta los 40 años y si soy un emprendedor? ¿Vivir en un coliving es algo reservado solo para ricos? ¿Solo puede configurarse como una serie de habitaciones privadas salpicada por algún espacio común?

La respuesta es no. Ni es solo para menores de 40, ni es exclusivo para ricos y emprendedores, ni se limita a una mera suma de habitaciones individuales. Ésta es únicamente la pauta que algunos actores del mercado pretender definir como coliving, tras calcular que es el modelo de negocio que mayor rentabilidad puede ofrecer a un fondo de inversión. Un modelo que brinda vivir experiencias diferentes y sumamente individualizadas a cambio de un espacio mínimo y ciertas zonas comunes sugerentes. Un coliving o covivienda no tiene por qué ser eso.

El coliving, al igual que el cohousing, es un modelo donde se construye una relación entre lo privado y lo común que trata de dar respuesta a una necesidad actual de retomar y vivir bajo un paradigma colaborativo, que no queda lejos de cómo vivíamos hace poco tiempo. Desde entonces, hemos ido asumiendo una forma de vida excesivamente atomizada, llegando al punto de ser incapaces de pedir sal al vecino y utilizar las reuniones de la comunidad de vecinos para pelearnos. Entre el individualismo extremo y la comuna hay una diversa paleta de colores que definen una relación entre lo privado y lo común; y que responde a las necesidades de una sociedad que demanda cada vez más rescatar el conocimiento compartido, la cultura colaborativa y los valores de lo común. 

“Entre el individualismo extremo y la comuna hay una diversa paleta de colores que definen una relación entre lo privado y lo común.”

Mientras en el cohousing la propiedad es de los vecinos de forma colectiva, en el coliving la propiedad es externa -normalmente de un fondo de inversión- y sus inquilinos viven en alquiler. A partir de este punto es dónde se ha retorcido el significado de coliving, delimitándolo hacia un modelo de residencia de estudiantes exclusivista al que ahora se le llama coliving.

¿Por qué no puede ser como un edificio de viviendas clásico, con casas de una, dos o tres habitaciones y, además, una serie de espacios comunes? ¿Por qué no tener una lavandería en común? ¿O una cocina común, tipo txoco, además de la cocina privada de cada vivienda? ¿Por qué no albergar un espacio de coworking, de ocio, una biblioteca o un garaje para coches eléctricos compartidos?

El coliving posibilita la creación de una comunidad para que las personas puedan tener una vida privada cuando lo deseen (especialmente niños y niñas), pero también dispongan de una serie de espacios y experiencias en común en el edificio. Y en este compartir, también hay una acción colectiva de responsabilidad ecológica y de resiliencia frente a contextos complejos. Un coliving puede compartir lavadoras, valerse de una única conexión a internet para todos los vecinos y vecinas, ser prosumidor (productor y consumidor) de energía común y renovable, reutilizar sus aguas grises, albergar grupos de consumo local o un huerto común en la cubierta y un largo etcétera aún por desarrollar.

Tanto el coliving como el cohousing tratan de redefinir nuestras formas de vivir desde una perspectiva más colaborativa, pero no podemos dejar que la lógica de mercado sea quien marque los significados de estos nuevos significantes. Más aún, en todos los casos deben cumplir otra exigencia fundamental para cualquier desarrollo inmobiliario de futuro: deben ser ecológicos. Lo social debe ir necesariamente ligado a lo ecológico.

“En un contexto de crisis climática y de agotamiento de los combustibles fósiles, no podemos dejar a la suerte del mercado los criterios de lo ecológico.”

Con la mirada puesta en un contexto cada día más cercano, de necesaria mitigación y adaptación a la crisis climática y de restricción energética por el agotamiento de los combustibles fósiles, no podemos dejar a la suerte del mercado los criterios de lo ecológico. Debemos hacer edificios extremadamente eficientes, que no produzcan emisiones de CO2 –los conocidos como edificios CO2nulo-; y, en definitiva, una arquitectura para la mitigación del cambio climático y para la descarbonización de la economía.

La creación de espacios de cohousing y coliving tiene un enorme potencial transformador para la vida, las relaciones entre personas y con su entorno, es por ello que debemos dar la disputa de los que significan estos conceptos, teniendo en cuenta a un actor fundamental, los grupos de inversión. Frente a un modelo miope -de búsqueda del máximo beneficio económico en el corto plazo- es necesario que los inversores, conscientes de la encrucijada actual, desarrollen una triple mirada, de triple beneficio: social, ambiental y económico, una inversión de impacto que sea capaz de llevarnos a alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 de la ONU.

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